Conferencia en Atempo LA FUERZA DE LA ADVERSIDAD, por Rodolfo Izaguirre

Rodolfo Izaguirre 5El lema de la vigésima edición del Festival Atempo es el de “La fuerza  de la adversidad”. Adversidad significa infortunio; significa encontrarse uno en una situación desgraciada. Nuestra adversidad, nuestra mayor desgracia; la mía,la de todos ustedes y la del país venezolano es que todavía no hemos enterrado a Juan Vicente Gómez y mientras el Bagre continúe insepulto la actual desventura seguirá su camino hasta acabar definitivamente no solo con la democracia que tantos años nos ha costado edificar sino con la propia República.

Lo digo porque los militares nos han controlado siempre. En dos siglos, desde 1811 hasta 2013, Venezuela ha tenido 53 presidentes de los cuales, 23 pertenecen al mundo militar; pero si sumamos los años que ha acumulado el poder de las armas (¡que no el de la inteligencia y la sensibilidad!) lo que provoca es escalofrío porque 118 se han afincado en regímenes militares. ¡Así ha sido nuestra historia! Cada vez que un civil logra sentarse en la silla presidencial no pasa tres años seguidos en ella porque o bien aparece un militar que lo saca de allí o el caudillo de turno, incluso después de muerto, prolonga su satrapía y se perpetúa a través de agún civil dispuesto a obedecerlo. Victorino Márquez Bustillos, para mencionar un ejemplo, ejerció la presidencia de manera “provisional” desde 1915 hasta 1922 compartiéndola con Juan Vicente Gómez, el Comandante en Jefe del Ejército. No fue Bolívar quien creó el ejército tal como lo conocemos hoy sino el propio Gómez que mandaba con férrea mano enguantada desde la bucólica pero militarizada ciudad de Maracay. El honroso paréntesis se encuentra en la Cuarta República con el sucesivo traspaso del poder de un civil a otro hasta que irrumpió en el escenario político un oscuro, áspero y vulgar teniente coronel cuyo nombre prefiero no mencionar. ¡Pero siempre ha sido asunto de Caudillos civiles o militares!

Se asegura que muchas tradiciones venezolanas se han perdido por diversas razones o circunstancias, pero no la del hombre fuerte aposentado en Miraflores. Yo nací en 1931 y he dicho otras veces que no padecí directamente el oprobio gomecista porque era muy niño pero mis hermanos mayores conocieron el martirio y las mujeres de mi familia, adolescentes, recogían al amanecer junto a otras muchachas los mensajes ocultos dentro de las ratas muertas que lanzaban a la calle los presos de la Rotunda. Luego comencé a tener conciencia de la existencia de otro general: Eleazar López Contreras y sus Asociaciones Cívicas Bolivarianas que enviaron al destierro a destacados dirigentes políticos y se protegían con la “calma y la cordura” con las que tantas veces López Contreras exhortó a los venezolanos. Me acuerdo de él porque aparecía en los noticieros que se pasaban antes de las películas y los venezolanos veíamos y oíamos por primera vez en la historia de nuestras vidas al presidente que nos gobernaba. Lo llamaban “el Ronquito” por el timbre oscuro de su voz. Mencionaba siempre su apego al hilo constitucional y era un hombre tan delgado que en una famosa caricatura de Leo en Fantoches titulada El hilo constitucional solo aparecía una linea vertical sugiriendo que detrás de ella se escondía o se amparaba el presidente.

¿Qué pasó después? ¡Siguieron los militares! Fue derrocado Isaías Medina Angarita, un militar amigo de echarse tragos con los intelectuales y luego de una sombría y cuestionada alianza civico militar el país volvió a ensombrecerse esta vez con la prepotencia de Marcos Pérez Jiménez y su ordinario fascismo puesto al desnudo en aquella mediocre y presunta ideología del Bien Nacional. La República vuelve a estar amenazada por un nuevo régimen mlitar. ¡Amenazada es poco! Está a punto de ser demolida, arrasada, convertida en escombros. Lo que logramos en 1946 con la elección presidencial directa, universal y secreta que otorgaba poder a la Soberanía Popular preservada gracias a la separaración de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial que nos convirtió desde entonces en ciudadanos, se encuentra hoy al borde de la ruina y a merced de una pandilla de aventureros que ha despedazado al Estado adueñándose de jueces y legisladores para convertir las instituciones en dóciles prolongaciones sometidas a las asperezas del cuartel. No ha logrado el militarismo culminar su propósito devastador porque
nuestra sociedad civil conoce la democracia y vivió en ella durante cuarenta años ininterrumpidos y porque los constantes desatinos políticos y económicos del régimen se apoyan en una cartilla ideológica bolivariana que ha conocido un fracaso estrepitoso. Frente a esta adversidad tenemos que defender la República Liberal Democrática, entendiendo que lo que realmente está en peligro es la libertad.

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Apenas es proclamado con sospechosa celeridad y a sabiendas de que todo el proceso electoral estuvo viciado de nulidad, lo primero que hace el presidente ilegítimo es viajar a Cuba para recibir instrucciones de los Castro mostrando así la pérdida, el extravío de su propia libertad y la entrega dócil de su conciencia. Hoy, Cuba avanza económicamente porque el autócrata barinés permitió que nos vampirizara; y al igual que Lucy Westerna, la hermosa víctima de Drácula el Voivoda, que se desangra hasta morir, también desfallece el país venezolano sin poder protegerse con ristras y collares de ajo por carecer de las divisas para importarlos. Agentes cubanos dan órdenes a las fuerzas armadas venezolanas; ejercen control sobre los sistemas de identificación; hacen negocio con el petróleo que reciben generosamente; topamos con frecuencia con tipos corpulentos que creyendo estar bien vestidos en sus trajes negros o azul marino pasan a nuestro lado diciendo Oka, que es interjección estrictamente cubana; hay médicos que constituyen un peligro para los pacientes; han proliferado santeros que profanan los huesos de Simón Bolívar y en las calles de las urbanizaciones aparecen despojos y animales muertos sacrificados en oscuros rituales. El único héroe militar que he visto pasar a mi lado con un tabaco en la boca y vestido de quepis y uniforme verde oliva ha sido Fidel Castro, la primera vez que estuvo en Caracas. Años más tarde iba a convertirse en un sátrapa. Sin embargo, aquel antiguo héroe vuelve a serlo: es el único triunfador en esta triste y degradada historia venezolana de los últimos catorce años. El héroe no es el que los ambiciosos y corruptos bolivarianos asocian con el Museo Militar sino el propio Fidel Castro que desde una isla depauperada y en atraso terminó apoderándose no solo del país petrolero más rico del continente sino de la conciencia de quienes creen dirigirlo y lo más trágico es que lo vemos, senil, decrépito, avanzar hacia nosotros, entre complacientes militares venezolanos, desangrando nuestra libertad.

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El régimen militar pretende que el soldado sea el celoso vigilante y guardián del ciudadano; que sean las fuerzas armadas del país las que nos cuiden y protejan de la violencia delictiva pero dejándonos inermes ante la violencia del propio gobierno. Dejar en manos del soldado mi integridad física y mi ejercicio intelectual es lo peor que puede ocurrirme porque en la mentalidad del soldado no entran los libros, mucho menos las secretas resonancias del color que el pintor ha puesto en el cuadro; la sensibilidad musical que produce regocijo en el alma. Ya esto lo expresó Winston Churchil cuando afirmó que la inteligencia militar es a la inteligencia lo que la música militar es a la música.

El hombre de armas no está ejercitado para persuadir, argumentar, disuadir y dialogar; sino todo lo contrario. Está formado para recibir órdenes y acatarlas sin cuestionar sus alcances éticos e inmediatos. El soldado vive para la guerra; su misión es atacar, enfrentarse al enemigo. Ataca, dispara, repele. Sostiene y cumple la órden indeclinable y ciegamente. Jamás escuchará ni aceptará mi voz, mi palabra civil, mis planteamientos; el fruto o producto de mis lecturas y cavilaciones. Rechaza lo que soy, es decir, el resultado de haber afinado a lo largo de mi vida mi propia sensibilidad. Soy lo que vagamente él considera “un ciudadano”, es decir, un civil. Por consiguiente, ¡un enemigo! Si la orden que recibe es la de negarme no vacilará en atropellarme. El soldado no es un policía profesional ¡y sabemos las atrocidades que suele cometer la propia policía!. Pero se presume, al menos, que están preparados para dialogar, para atisbar soluciones no violentas. Y digo que se presume porque lo más probable es que el policía ya hizo el servicio militar; ya está adoctrinado para matar. Si recibe el mensaje del Comandante en Jefe de que soy un oligarca, un fascista, un traidor a la patria, un desestabilizador y asesino en ciernes del presidente de la república a quien intento inocularle el cáncer (¡un procedimiento hasta hoy ignorado en el Anderson Cancer Center de Houston!) mi vida valdrá para él lo mismo que vale para el delincuente que quiere robarme los zapatos o el celular.

Rómulo Betancourt, así nos cueste aceptarlo o reconocerlo, fue unpolítico sagaz. Uno de los hombres más importantes en la vida venezolana del siglo veinte. Lo menciona Germán Carrera Damas en su libro En defensa de la República voz de alerta (Los libros de El Nacional, 2013) y la palabra de Germán es ciertamente una voz de alerta ante lo que nos ocurre en la hora actual y en ese libro recoge y deja muy claro lo que Betancourt pensaba de la mentalidad militar:

“el gobernante de extracción castrense, dice Betancurt, tiende a aplicar a la rectoría de la cosa pública el estilo de disciplina que adquirió en el cuartel. Puede flexibilizar este concepto de disciplina, pero resulta imposible que se deshaga de él porque constituye nervio de conducta, basamento irrefrenable de su personalidad. De allí que el gobernante militar resulte orgánicamente incapacitado para entender la política y la administración de un pais como diálogo con
los gobernados. Transigir ante los reclamos de la opinión, admitir expresa o tácitamente que se ha errado, torcer el rumbo cuando el que se trajina desagrada a la mayoría de la colectividad, son principios del arte de gobernar difícilmente compatibles con la mentalidad forjada en el mando de la tropa”.

¡Betancourt va más allá! “La administración publica en los Estados modernos, dice, constituye una compleja red de problemas intrincados. La sociedad contemporánea es un vivero de encontrados intereses. Y no puede concebirse que un solo hombre pueda dominar técnicamente todas las ciencias conexas con la administración pública se requiere en un buen gobernante la posesión de un cúmulo de ideas generales sobre economía, derecho público, política nacional e internacional. Ahora ¡bien, el militar, por lo mismo que su cultura necesita ser altamente especializada en la técnica bélica, resulta casi siempre un hombre sin ese lastre de generalizados conocimientos requeridos por el moderno gobernante”. Nuestra desgracia está en que el régimen bolivariano está militarizando al país y en lugar de afirmarnos como ciudadanos libres intenta convertirnos en milicianos.

***
En lo personal no poseo ninguna cualidad que me haya permitido realizar alguna hazaña de importancia como no sea la de haber sobrevivido a ochenta años de continuos disparates políticos en el país venezolano. No encajo para nada en la figura del héroe, pero tampoco en la del villano. Soy hombre civil. Pertenezco no a la cultura oficial del país sino a la que permite perfilarme mejor como ciudadano que trata de cumplir con sus obligaciones y exige respeto a sus derechos humanos y civiles.

Para ser héroe se requiere en primer lugar haber realizado alguna hazaña notable que ilumine el campo de acción política, económica, social o cultural en el que tiene lugar la heroicidad haciendo que ella resplandezca. A lo sumo, apenas puedo reconocer la circunstancia de estar vinculado al Festival de Música ATempo y haberle sido fiel a lo largo de estos veinte milagrosos años que han visto a Ninoska Rojas Crespo y a Diógenes Rivas dándonos a conocer las obras más actuales de la música. Lo más que puedo es mostrar dos o tres libros perfectamente inútiles que escribí con esfuerzo y la afirmación de que hasta muy entrada mi edad adulta no tenía idea de cuál era mi profesión hasta que en un conversatorio en el que me ví envuelto escuché a María Teresa Castillo decir que ella era promotora cultural y allí supe que también yo lo era y cuando Adolfo Romero Luengo (quien mas tarde y hasta su muerte iba a convertirse en figura emblemática de la Sociedad Bolivariana), me entrevistó la primera vez que lo hacía conmigo se lo agradecí. Recuerdo que le dije que iba a mostrarle la entrevista a mi papá, ex coronel gomecista, porque mi papá sostenía que yo no servía para nada; decía que me la pasaba leyendo y no bailaba con las chicas en las fiestas del liceo Fermín Toro. La verdad es que una vez escuché sin querer a dos muchachas del liceo que hablaban de mí y una de ellas decía: “Es que él es muy místico!”

Al parecer, para ser héroe en el país venezolano se requiere, además, ser militar; haber hecho algún sacrificio espectacular: arriesgar la vida por un ideal; empuñar el fusil e inmolarse por la Patria amenazada. De ser asi, entonces nadie es héroe en Venezuela porque los héroes se generan exclusivamente en los cuarteles y son las guerras las que ofrecen el abono perfecto para que germinen las heroicidades. Yo no he estado en ninguna; pero tampoco los militares y las guerras que conozco son las que me enseñaron en la escuela; la guerra de Troya, la Guerra de los cien años que duró 116, entre Francia e Inglaterra en 1300. (Siempre me he imaginado al soldado que se despide de su novia diciéndole: “Adios, mi amor. ¡Me voy para la guerra de los cien años!”). Después está la segunda guerra mundial y luego la de Corea, la de Vietnam. Al parecer, la de la Independencia es la única que merece la pena ser mencionada en el país venezolano porque las que agobiaron a la Venezuela del siglo 19 no pasaban de ser asaltos de caudillos militares ávidos de poder político y ansiosos de conquistar a Caracas. Cuando le pregunté a Ramón Jota Velásquez por qué la Universidad de Los Andes conservaba incunables y ediciones príncipe en su biblioteca me dijo que los caudillos que salían de Táchira pasaban por Mérida, pero no se quedaban allí porque su objetivo era llegar a Caracas. ¡Y dejaron a Mérida tranquila! Pero también conocí en Paris a José Vicente Ortíz: un venezolano irreverente e iconoclasta que al comparar las guerras venezolanas con las napoleónicas sostenía que la batalla de Carabobo y los muertos que produjo eran algo así como un accidente de Pan Am. Las guerrillas de los años sesenta pasaron con mucha pena pero sin mayor gloria. Durante la Cuarta República, un general gobernador del estado Monagas declaró en Maturín que allí no se necesitaba cultura sino agricultura y hubo otro general que ordenó enviar el submarino El Carite para liquidar a los guerrilleros en la Sierra de San Luis, en las espesuras de Falcón. ¡Igual que la reina Victoria! Cuando supo que en Bolivia el dictador de turno había ultrajado al embajador inglés ordenó indignada: ¡Envíen la flota! Los militares y los autócratas, en cualquier tiempo y edad, siempre están cometiendo disparates.

¡El héroe militar sólo emerge de la guerra! Vivo, causa menos admiración que muerto en combate; pero mutilado provoca veneración entre los patriotas. Esto, desde luego, no ocurre entre nosotros. Nuestros militares ignoran la experiencia personal de lo que es una guerra, salvo cuando un comando chavista tomó por asalto el Canal Ocho y asesinó cobardemente a los empleados que se encontraban en El Manguito, una de las entradas del Canal. Sin conocer la guerra, se adornan con condecoraciones; ostentan a veces tres soles en el pecho del pundonor y hay, incluso, quien creyó haber hecho méritos para pasar a la Historia como Héroe del Museo Militar. Jamás he visto en el país venezolano a un militar de alto mando en pleno combate o enfrentamiento con enemigos latentes y perverso como el Imperio, pongamos por caso. Las bravuconadas recorren de tanto en tanto los cuarteles pero no pasan de allí. Las relaciones comerciales con los Estados Unidos continúan su camino a veces borroso o impreciso pero no decaen y el petróleo sigue avalando la política del buen vecino.

En tiempos de crisis, de desbordamientos políticos, de posibles estallidos sociales (como los que se vislumbran, hoy) o cuando se siente que en el palacio no hay quien gobierne con el criterio que el pais exige, la autoridad política busca crear un nuevo Fundador de la nacionalidad, un Benemérito, un nuevo Padre de la Patria y transforman en Héroe al hombre que dividió y arruinó al país con las armas de un lenguaje bélico, vulgar y atemorizador. Cuando por intervención de la Providencia muere estando en el poder sus seguidores lo convierten en Dios y durante sus exequias aparecen grupos histéricos y plañideros. Hay quienes, también en el país venezolano, maldicen a los judíos; glorifican a criminales como Mao Zedong, Saddan Hussein, Muhamar Gadafi, al presidente sirio y a los pistoleros de Llaguno.

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Desde luego, hay diversas categorías de héroes. Los héroes del trabajo, los sobrevivientes de una catástrofe marítima, los rescatados del fondo de una mina, los que sobrevivieron a los campos de concentración… Confieso que los héroes con los que he tenido mayor trato han sido los de las novelas que hicieron feliz mi triste infancia y me ayudaron a soportar las desventuras de mi adolescencia. Sandokan, el tigre de la Malasia; Miguel Strogoff, el correo del zar que evitó que el cuchillo calentado a rojo vivo le dejara ciego por las lágrimas que vertió al mirar a la madre sufriente; Ivanhoe y los caballeros templarios que hablan en catalán a la oreja del caballo que va ser sacrificado: una lengua dulce muy amada por los poetas y juglares de las que se entiende todo por el tono, como música, aunque no se conozcan las palabras. Y luego los innumerables héroes del cine de aventuras: Robin Hood, el capitán Blood, Flash Gordon y los inagotables superheroes que nos protegen con la misma determinación con la que evitan la inminente destrucción del planeta.

Los admiro tanto como a los monstruos del cine que poblaron y siguen enriqueciendo mi imaginación: vampiros, zombies, mutantes, gaseosas formas reptantes y viscosidades que cruzan por las noches insomnes del cine para arrastrarse luego y alcanzar las penumbras de nuestras propias pesadillas. Drácula, condenado no a la eternidad sino a una vida sin conocer el amor; el inocente monstruo de Frankestein; Jack Griffin el hombre invisible; Larry Talbot, el hombre lobo. ¡Existen porque son imposibles y lo imposible se hace certeza dentro o fuera del cine, en la oscuridad o bajo el resplandor del mediodía y adquieren vida propia y los vemos! Nos acercamos a ellos y sentimos que si extendemos el brazo podremos tocarlos y deseamos entonces, con incontrolada emoción, que sean ellos quienes impulsen e iluminen nuestras vidas, nos contaminen con el virus de su irrealidad y contribuyan a liberarnos de las leyes de la razón que oprimen y represan nuestra apetencia de aire y de libertad.

¡Un aire de libertad que no encontramos en el cuartel, en la tropa!

***
Tampoco he tenido ocasión para encumbrarme en la política y, convertido en líder del gobierno o de la oposición si fuese el caso, concebir, gestionar y poner en práctica líneas de ideología sostenidas y cada vez más audaces que permitan avanzar hacia esa modernidad que el país está exigiendo desde la presunta muerte de Juan Vicente Gómez pero que no ha logrado mantener por mucho tiempo las veces que lo ha intentado.

Otra de nuestras tragedias es borrar lo que se hizo durante la gestión política anterior. El actual régimen militar bolivariano es mucho más peligroso: pretende borrar no solo lo que se hizo durante la Cuarta República sino hacer ver que la Historia del país comienza con él.

***
Perdónenme, pero vivo en un país en el que la mediocridad atenazada desde Miraflores por la demagogia política y la ausencia cultural de buena parte de la población venezolana que jamás habrá leído un libro impidió en su tiempo que el Museo de Bellas Artes adquiriera un cuadro de Paul Cezanne porque resultaba vergonzo gastar dinero en una obra de arte cuando ¡eran tantos los problemas sociales que agobiaban al pueblo! Se construyó el Teatro Teresa Carreño y hubo quienes protestaron porque se dilapidaba el dinero de los contribuyentes en una obra suntuaria como se decía de las que se diseñaban y construían en tiempos del perezjimenato cuando lo que debía exigirse, por el contrario, era que se construyeran teatros iguales al Teresa Carreño en todas las capitales de estado. El autócrata expulsó de sus trabajos, salvajemente y con un pito, a los dirigentes culturales y sigue siendo el episodio más siniestro en toda la historia cultural del país. Hoy todos somos artistas porque el pueblo (¡ sólo por su condición de pueblo!) lo es y porque así lo dispuso el caudillo militar desde su mediocridad cuartelaria; no existen jurados de admisión o de calificación; no se requiere del cuidado profesional de los curadores; tampoco es fácil encontrar novedades en las librerías. La gente de teatro hace milagros para mantenerse activa; el Festival A Tempo lucha denodadamente contra la adversidad; la autocensura nos atormenta y el miedo a decirnos, a expresarnos, nos paraliza. Se criminaliza nuestro derecho a disentir y las universidades van siendo estranguladas lenta pero bolivarianamente; los estudiantes luchan para evitarlo pero están solos porque la sociedad civil no los acompaña.

No quiero caer en el memorial de agravios, pasar las cuentas delrosario de calamidades que todos conocemos y padecemos; perocuando figuras de nuestra cultura y del pensamiento como Arturo Uslar, Juan Liscano, Antonia Palacios, Manuel Caballero o Eugenio Montejo dejaron de estar entre nosotros no se escuchó por parte del égimen ninguna palabra de reconocimiento porque al no ser ellos militares resultaban enemigos declarados. Se impone nuestra obligación de rescatar sus nombres del olvido al que el régimen militar pretende confinarlos. Más aun, se hace hoy más imperativo que nunca rescatar nuestra conciencia histórica afligida y
abrumada como está en la hora actual.

¡Si! La mediocridad que nos aplasta es otra de nuestras desgracias. Siempre la vimos arrellanada en los pasillos de Miraflores, pero jamás había acumulado tanta densidad como en estos últimos catorce años de despropósitos, vulgaridades y jactanciosa vanidad diseminados a través de cadenas televisivas y radiales, giras de autopromoción, iracundias y anécdotas bobaliconas sin que afloren ideas coherentes, proyectos realizables sino ocurrencias que por impracticables son olvidadas al día siguiente. ¿Pudo alguien en su sano juicio pensar que a la muerte de este último autócrata el caudal de absurdidades y vituperios disminuiría y devolvería el país a un cauce más sereno y confiable? Porque han seguido produciéndose las mismas mentiras, torpezas desaciertos y vulgares arrogancias del caudillo extinto pero agravadas por la solemne necedad y escalofriante ineptitud de quien ve revolotear pajaritos sobre su cabeza cuyo interior, se dice, pareciera estar amoblado con enseres de utilería. Y es para preguntarse: ¿Dónde está el Héroe del Museo Militar? ¿Es verdad que los Héroes no mueren?

Durante años se mantuvo la certeza de que Carlos Gardel no había muerto en el choque de aviones en el campo de aviación de Medellín; que desfigurado por las quemaduras permanecía recluido en algún lugar del continente, posiblemente en Argentina. Para muchos alemanes y para los neonazis de la hora actual Adolfo Hitler no murió en el bunker berlinés sino que escapó de él para vivir con falsa identidad en la selva paraguaya del general Alfredo Stroessner. Tampoco murió Emiliano Zapata en la emboscada de la hacienda de Chinameca. Hay corridos que cantan no la desventura de su muerte sino la alegría de su vida en la eternidad de la memoria de la gente que en Morelia lo ven cabalgar en las noches de luna cerca de su aldea natal. Son maneras de querer trascender, de asentarse y radicarse en la memoria colectiva. Unos y otros intentan cada uno a su manera reiterar quizás el bello y profundo misterio de la resurrección y vida eterna de Cristo cuya muerte redentora le concedió el privilegio de vivir una nueva vida en nuestras propias vidas. Me apena decirlo y lo siento por los que aun creen en él después de su muerte, pero es improbable que nuestro autócrata barinés pueda alcanzar una gloriosa eternidad porque no dejó ninguna impronta suya original o enaltecedora salvo los desplantes, desatinos y groseras bravuconadas; y mucho menos después que su delfín lo convirtiera en un pajarito que revolotea sobre su cabeza y le imparte órdenes para continuar la batalla por “esto” que aun no sabemos qué es llamado “socialismo bolivariano”.

Batalla es expresión de comando y cuartel por lo que no la imaginamos en el pico o en el aleteo del mismo pajarillo en el que con melodramática ilusión deseaba convertirse Libertad Lamarque entonces prisionera de su juventud para volar ansiosa entre las luces de su ciudad.

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¡Si! Nuestra mayor desgracia, la nuestra y la del país venezolano es que aun no hemos enterrado al general Gómez y mientras continúe insepulto la desventura seguirá su camino hasta acabar con la democracia y con la República que tanto ha costado edificar. ¡Tenemos que sepultarlo ¡Tenemos que enfrentar y triunfar sobre la adversidad! Lograr que los militares vuelvan a sus cuarteles! No olvidemos que disponemos del voto como un arma efectiva y poderosa y poseemos lo que ellos no tienen: ¡la cultura en libertad!

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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