“El poder es el afrodisíaco más fuerte”.
Friedrich Nietzsche.
Unos seres enmascarados, con caretas negras y puntiagudas, van y vienen en el decorado de un piso vacío. Suenan unos acordes agudos, inquietantes. Poco a poco van amueblando el lugar, dirigiendo nuestra atención hacia un pulcro bureau, que estos sirvientes anónimos atrezzan en pocos jump cuts. Una vez dispuesta la mesa, hace su entrada una mujer completamente desnuda, escoltada por los que han decidido organizarse este carnaval privado, mientras la música sigue, ominosa… No, no son minutos inéditos del contenido extra de un DVD de Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999), aunque ello ya de por sí sería una bendición para cinéfilos y no cinéfilos. Los tiros no van exactamente por ahí, porque a continuación la mujer se pone de rodillas y se encara con un cocodrilo, que también ha hecho repentino acto de presencia en el amplio bureau. Entonces el animal abre la boca y la elegante dama se introduce tranquilamente en su interior. Desafortunadamente no sabremos nunca cómo se resuelve este trance, porque la cámara corta al dormitorio ensombrecido de una pareja durmiendo apaciblemente, y queda confirmado, por si había algún despistado, que se trata de un sueño. Un sueño que, ahora sí, parece directamente extraído de los minutos adicionales de una copia de El fantasma de la libertad (Luis Buñuel, 1974), o realmente de cualquier otra película dirigida por el maestro aragonés. Sigue leyendo





