Cine COLOMBIA: LA VIOLENCIA Y LA VENGANZA

Edgar Ramírez interpreta a Ángel, a quien todos llaman Diablo.

La escena inicial y la final de Saluda al diablo de mi parte se articulan de una manera muy coherente pero también con una mueca muy dolorosa. Un hombre explica mirando a la cámara por qué no acepta la ley que desde 2005 propicia la desmovilización de las tropas irregulares —tanto de guerrilleros como de paramilitares— para su posterior reinserción en la sociedad colombiana. No acepta lo que él llama impunidad. La necesidad de venganza se manifiesta mucho más poderosa que el dramático imperativo de la paz en un país desangrado por una absurda guerra civil que se ha arrastrado durante medio siglo. No hay lugar para el perdón pero sí para la locura. Los hermanos Juan Felipe Orozco, director, y Carlos Esteban Orozco, guionista, han construido un film tremendamente duro que expresa los estragos de una contienda fraticida, donde ambos bandos son culpables, a través de una historia de acción y tragedia muy bien filmada. Un obra inequívocamente colombiana con una trascendencia universal.

En 2006 los Orozco sorprendieron con su ópera prima Al final del espectro, un film de terror fundamentado en las claves del género con toques muy bogotanos que delató la cultura cinematográfica de estos hermanos que han construido una reconocida presencia en la televisión de su país. Cinco años después regresan con otro ejercicio de género —esta vez un thriller con mucho de cine negro— para contar el conflicto que vive Ángel, conocido por el apodo de Diablo, un desmovilizado que intenta normalizar su vida al lado de su hija y su mujer, cuando los hombres de uno de sus antiguos enemigos —Léder, paralítico desde que fue torturado— asesinan a su esposa y secuestran a su niña. Para rescatarla Ángel debe matar a nueve reinsertados. Comienza entonces una trama trepidante que involucra a guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y miembros de la policía. Todos tienen un pasado terrible —salvo la niña— con sus respectivos ajustes de cuenta. Todos están condenados —menos la chica— pues no son capaces de tolerarse. Una herida abierta.

Carlos Esteban Orozco expone en el guión un manejo eficiente de la dramaturgia del cine de acción y pone el acento en las conductas de personajes atrapados en sus contradicciones. Nunca define con certeza quiénes pertenecían a las Autodefensas Unidas de Colombia y quiénes a las FARC o el ELN. El odio y la venganza son los mismos en ambos lados. Las atrocidades que Léder atribuye a Diablo son las mismas que éste puede inculpar a aquél. Son los personajes más elaborados, a pesar de que poco conocemos de su pasado. Sólo sabemos de su dolor, su angustia, sus miedos. Otros personajes de fuerza aparecen y desaparecen en la medida que la historia se va “limpiando” hacia su final. Cuando Orozco dibuja el personaje de Helena, hermana de Léder, identifica la necesidad de replantearse esta guerra que se desarrolla en un supuesto proceso de paz. Ella es la que introduce un elemento de giro en la trama original y la que reconduce la operación de exterminio. Y la niña simplemente representa el futuro. La necesidad de traspasar esta situación.

La puesta en escena de Juan Felipe Orozco es arrolladora y desconcertante, pero a la vez se permite la elaboración de un clima dramático que entre acción y acción plantea elementos reflexivos. Desde un comienzo abierto y con muchos personajes la narración va avanzando hasta un final más compacto, reducido, apretado, que marca el enfrentamiento entre Léder y Diablo. Dirige una producción muy bien cuidada, con especial atención a los detalles narrativos. Orozco no sólo tiene un tema muy importante y una historia contundente sino que sabe narrarla con pericia universal. Pudo haberla filmado en Nueva York, Tokio o los Balcanes pero prefirió hacerla en Bogotá, donde se halla la médula del conflicto dramático. En su realización se revelan como factores fundamentales el montaje que junto con su hermano impuso al discurso y la música de Jermaine Stegall.

Las actuaciones de Edgar Ramírez y Ricardo Vélez se construyen con precisión, detalle a detalle, para representar las posiciones en conflicto a través de rasgos muy personales. El venezolano y el colombiano revelan sus fuerzas expresivas con fuste y dramatismo. Detrás de ambos, las interpretaciones de Carolina Gómez, Albi de Abreu, Salvador del Solar, Patrick Delmas y otros se articulan con cohesión. Todos los actores se hallan muy bien ubicados. Ninguno desentona.

Saluda al Diablo de mi parte revela las posibilidades expresivas de un cine colombiano con vocación universal que tiene el coraje de plantear los graves problemas de la violencia en su país de cara al mundo.

SALUDA AL DIABLO DE MI PARTE, Colombia, 2011. Dirección: Juan Felipe Orozco. Guión: Carlos Esteban Orozco. Producción: Carlos Esteban Orozco, Juan Felipe Orozco, Alejandro Ángel Ortega. Producción ejecutiva: Edgar Ramírez y Haik Gazarian. Fotografía: Luis Otero. Montaje: Carlos Esteban Orozco y Juan Felipe Orozco. Música: Jermaine Stegall. Director de Arte: Sara Millán. Elenco: Edgar Ramírez, Ricardo Vélez, Carolina Gómez, Salvador del Solar, Patrick Delmas, Albi De Abreu. Distribución: Cines Unidos.

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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