Jorge Volpi LOS FANTASMAS DE 2011*

Las diferencias son lo de menos: en todas partes los mismos brazos alzados y los mismos cánticos, la misma entrega, los mismos cuerpos congregados para exhibir su indignación, su hartazgo, su fatiga. La revista Time no se ha equivocado al elegir a Los Manifestantes (The Protesters) como las figuras del 2011. De Túnez a Tel Aviv, de Madrid a Nueva York, de El Cairo a Moscú, pasando por la Ciudad de México -con la justa presencia de Javier Sicilia en las páginas del semanario-, los hombres y mujeres que abandonaron la pasividad y la desidia para salir a las calles han sido la imagen más repetida en los medios de este año.

Aun así, tal vez valga la pena fijarnos en sus enemigos, los personajes que se dedicaron a reprimirlos, cuestionarlos o vigilarlos con miedo, odio o desconfianza -muchos aún lo hacen-, parapetados en sus oficinas, cuarteles y ministerios: los políticos cuya banalidad, corrupción o falta de pericia son la principal causa de las protestas. Porque, si un rasgo define estos 12 meses, es el abismo que se ha abierto entre gobernantes y gobernados. El desprestigio de los políticos se ha vuelto imparable, sin importar si se trata de viejos dictadores, como en los países árabes, o de dirigentes democráticos que no han sabido enfrentar la debacle económica o los estragos de la guerra contra el narco.

Más que una crisis económica global, vivimos una crisis de la democracia representativa que ha prevalecido en el mundo desde la caída del Muro de Berlín. A partir de los noventa, ésta se vio contaminada por un relajamiento de la normativa financiera, una exacerbación del individualismo y una división cada vez más difusa entre el poder político y el poder económico. El déficit democrático se volvió inevitable, pero la globalización y el enloquecido flujo de capitales consiguieron enmascararlo por un tiempo. Hasta que, en su afán por eludir el riesgo -es decir, por enriquecerse sin límites-, los agentes financieros terminaron por difuminarlo por todo el sistema.

La caída de Lehman Brothers provocó que el secreto se volviese evidente: el poder político y el económico se habían convertido en una misma maraña. En vez de que nuestros representantes protegiesen el interés general, se precipitaron a cuidar a los inversionistas. No debería extrañarnos: los políticos que implementaron los rescates eran los mismos que, aliados con los banqueros, habían eliminado las restricciones legales que precipitaron la catástrofe. Y los mismos que, chantajeados por banqueros e inversionistas, ahora no cesan de hacer recortes y de exigir sacrificios a los ciudadanos.

Si las protestas en los países árabes pueden explicarse como reacción natural a sus dictadores, en el resto del mundo obedecieron a una sensación equivalente: la clase política ha perdido su legitimidad. La mejor prueba: la obsesión de nuestros gobernantes por “tranquilizar a los mercados” antes que por aliviar los padecimientos de sus electores. O, en otra preocupante vuelta de tuerca, el que de pronto sean tecnócratas en apariencia puros los responsables de corregir los desmanes, como en Grecia o Italia, cuando fue su ideología ferozmente liberalizadora quien los arrastró al caos.

En efecto, resulta justo -y conmovedor- que Time reconozca a Los Manifestantes como figuras del 2011, que los retrate y entreviste, pero tendríamos que imaginar una Contra-Time que exhibiese del mismo modo a sus adversarios: no sólo a los Gadafi, Ben Ali o Mubarak, sino a los líderes democráticos, banqueros, empresarios e inversionistas que, desde la sombra, son los mayores culpables de la crisis y quienes más se han beneficiado de ella.

Como puede advertirse en Egipto o Libia, las protestas no bastan. El impulso de salir a la calle, resistir la represión e incluso derrocar a los tiranos no es más que un primer paso. La clase política es un basilisco astuto y resistente, capaz de reciclarse de mil maneras para conservar sus privilegios. El 15-M, Occupy Wall Street o las marchas de México, Santiago de Chile o Moscú son los síntomas de un malestar más profundo.

Si no aparecen políticos que retomen sus apuestas y propicien auténticos procesos de cambio, el establishment no tardará en absorberlas y olvidarlas. Las batallas de estos 12 meses habrán sido del todo inútiles mientras no consigamos reformar un sistema de gobernanza global que alienta la colusión de los intereses privados y públicos. 2012 sólo será un mejor año si al final sus personajes emblemáticos no son ya Los Manifestantes, sino Los Ciudadanos que han vuelto a ocupar el papel que les corresponde en nuestras endebles democracias representativas.

Pd. Aunque no suelo hacer listas de fin de año, quisiera recomendar el mejor libro en español que leí en estos meses:

Canción de tumba de Julián Herbert.

Twitter: @jvolpi

* Publicado originalmente en http://www.reforma.com/editoriales/nacional/640/1278621/

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Acerca de Alfonso Molina

Alfonso Molina. Venezolano, periodista, publicista y crítico de cine. Fundador de Ideas de Babel. Miembro de Liderazgo y Visión. Ha publicado "2002, el año que vivimos en las calles". Conversaciones con Carlos Ortega (Editorial Libros Marcados, 2013), "Salvador de la Plaza" (Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional y Bancaribe, 2011), "Cine, democracia y melodrama: el país de Román Chalbaud" (Planeta, 2001) y 'Memoria personal del largometraje venezolano' en "Panorama histórico del cine en Venezuela" (Fundación Cinemateca Nacional, 1998), de varios autores. Ver todo mi perfil
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